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domingo, 1 de septiembre de 2013

Juan Abreu: Una mujer corriéndose



Juan Abreu: Una mujer corriéndose



Juan Abreu: Una mujer corriéndose

Publicado por Juan Abreu


Esto les parecerá una locura pero yo prefiero ver correrse a una mujer que, y que Atenea y el gran Fidias me perdonen, ver el Partenón. Y miren que soy fanático del Partenón. Cuando por fin, con más de cuarenta años, pude llegar a la ciudad de Atenas y levanté la mirada y lo vi, experimenté una emoción muy grande y me sentí no solo privilegiado sino triunfante. Sí, triunfante. ¿Por qué? Porque cuando yo vivía en la isla pavorosa donde nací, siempre imaginaba que algún día podría escapar y visitar el Partenón. Había visto una foto en un libro y en cuanto vi la foto en ese libro, me dije: no me moriré sin ver el Partenón. Y esa idea de no morirme sin escapar de aquella isla e ir a ver el Partenón me ayudó a soportar los horrores de vivir en aquella isla.

Me arrastraba por las calles y los campos de aquella isla espantosa trabajando como lo que era, un esclavo, pero pensando en el Partenón y en que algún día llegaría a Grecia y lo vería. ¡Algún día! ¡El Partenón! Me decía en medio de un espeluznante cañaveral o inclinado sobre un surco horripilante, achicharrado por el sol. ¡Algún día! ¡El Partenón! Y eso me permitía aguantar muchas cosas que tal vez no hubiera podido aguantar. Gracias Partenón, me decía a cada rato. En el siniestro servicio militar obligatorio, en la cola para comprar una croqueta de carne de rata o de sabe dios qué, colgado de un autobús repleto o mientras intentaba conseguir en el mercado negro un trozo de cerdo o un pollo para mi desnutrido hijo: gracias Partenón.

En aquella época el Partenón fue muy importante para mí. Y lo sigue siendo. Ahora mismo estoy planeando un viaje a Grecia para ver el Partenón otra vez. Pero. ¿Es el Partenón lo más bello que he visto en mi vida? No. Tengo que reconocer que visto el Partenón y vistas unas cuantas mujeres corriéndose, creo que una mujer corriéndose en más bella que el Partenón.

Prefiero ver a una mujer corriéndose que ver el Partenón. Como espectáculo, y me atrevo a decir que estéticamente, la mujer corriéndose es superior. Ya sé que mis amigos artistas e intelectuales pondrán el grito en el cielo, pero tengo que decirlo. Para mí es superior.

¿Cualquier mujer corriéndose? Bueno. Esa es una pregunta interesante. Por supuesto, todas las mujeres no son igualmente formidables corriéndose. Supongo que cuando digo que prefiero ver a una mujer corriéndose que ver el Partenón, me refiero a una mujer que se corra espectacularmente.

Porque hay mujeres que se reprimen al correrse, y eso lo echa todo a perder. Una mujer tiene que chillar y dejarse ir cuando se corre. Entonces sobre el mundo se extiende una pátina luminosa y de la vida emana una deliciosa fragancia.

De lo más extraordinario que he visto yo en este campo es a La Giganta, una buena amiga mía como ya saben. La Giganta, corriéndose, en un palacio de Madrid ante un pequeño pero selecto público. Hace cuatro o cinco años. Preguntó La Giganta y puso su carita pícara: ¿quieren ver a una mujer corriéndose? Y, por supuesto, todos queríamos. Entonces, de pie, apoyó su prodigioso culo en la biblioteca del lugar y abrió las piernas, las kilométricas piernas que tiene, se alzó la faldita y se metió un artefacto pulido y aerodinámico que sacó del bolso y tanteó un poco buscando algo. ¿Y ustedes creen que cerró los ojos? De eso nada. ¡Nos miraba mientras tanteaba! Y momentos después, soltó unos chorros impresionantes. Y cuando pedimos (como es lógico) ¡más más!, ¿creen ustedes que se amilanó? Nada de amilanarse. Volvió a meterse el artefacto y volvió a correrse a chorros.

Pocas veces he visto algo más hermoso en mi vida, y esto incluye naturalmente el Partenón.

De más está decir que mujeres tan generosas como La Giganta no abundan. Correrse así, para los amigos, desgraciadamente, no muchas mujeres lo hacen. Espero que este artículo ayude, de alguna manera, a cambiar esa lamentable actitud.

Y ya que estoy recordando a mujeres corriéndose de forma espectacular recuerdo a tres ¿o eran cuatro?, sí, eran cuatro mujeres preciosas las que hicieron aquella «cadena mamatoria». Fue en Nueva York, si mal no recuerdo. Me explico. Una se instaló encima de la barra del lugar (una mezcla de bar y discoteca) y abrió las piernas. Entonces, otra empezó a chuparle el chocho a la de la barra y a continuación (como poseídas por un impulso dichoso y en extremo civilizador) otra mujer se agachó detrás de la que chupaba y le abrió las nalgas y chupó y a su vez otra mujer se agachó detrás de la tercera. Era una escena fabulosa, qué les puedo decir. He visto pocas cosas tan sublimes y miren que he viajado bastante y he estado en África, en Norteamérica, por toda Europa y hasta en el Japón siempre atento a las mujeres, siempre intentando verlas correrse y siempre admirando (y hasta venerando) a las mujeres, que es lo que más me gusta.

Y lo mejor fue cuando la que estaba espatarrada en la barra se corrió. Yo puedo escribir diez páginas sobre la armonía y otras maravillas del Partenón, pero no soy capaz de escribir ni un párrafo que haga justicia a la maravilla de esta mujer corriéndose trepada a una barra y con aquella longaniza de mujeres chupándose unas a las otras formando una cadena mamatoria que salía de su chocho.

Tengo que ser honesto. Otra cosa sería hipócrita. Si me dicen ¿dónde quieres estar, delante de unas mujeres que forman una cadena mamatoria o ante el Partenón? Yo respondo sin dudar que ante la cadena mamatoria.

Pero, tampoco es que haga falta un espectáculo de esta naturaleza tan especial para que una mujer alcance, a mis ojos, el nivel de «preferible al Partenón».

En general, una mujer corriéndose es algo de una belleza «preferible al Partenón».

Y eso es todo lo que quería decirles sobre este asunto.
Fotografía de Mai


Este espacio se ocupa de un hombre que ha cumplido sesenta años y ve la vida desde un punto de vista genital. Y de cómo funciona su seso. El cuerpo aún responde; pero veremos. En general, el autor escribirá sobre la más importante actividad humana después de razonar e imaginar: follar. Y sus aledaños. El autor sabe que lo políticamente correcto no es más que censura. Y escribe como si no existiera

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